No. No me vuelvas a llamar tonta, no me dejes entrever ese cariño que dices que me tienes. No me vuelvas a hacer sentir que puedo volar, solo para que la caída me haga más daño. No. No me vuelvas a pedir que me quede un rato más. No me vuelvas a pedir que vaya a verte. No. No vuelvas a repetirme esas palabras, las mismas que todas se deben de saber de memoria. No vuelvas a decirme que no te quiero. No. Ni se te ocurra volver a mentirme y después intentar negármelo, quedando peor aún. Quizás ya sabía dónde me estaba metiendo, pero permanecía en esta espiral de dolor por sentir de nuevo lo que era estar arriba. No. No me vuelvas a llamar por ese nombre, sé que si lo haces lloraré y esas lágrimas echarán a perder mi máscara de frialdad. No me vengas otra vez después de esto, con esa sonrisa en la boca y esa forma de mirarme que dice: “Acércate”. No. No me vuelvas a decir que mantengamos esto en secreto, porque estoy harta. Harta. ¿Me oyes? Aclárate. Juro que preferiría que me dijeras que ya no me quieres, que no te gusta estar conmigo, que no quieres confiar más en mí… Sé que eso me destrozaría, sería el fin de todo este círculo vicioso del que no saldré hasta tener una razón lo suficientemente lógica para convencerme de que eres un maldito golfo que nunca cambiarás. Porque, ¿sabes? Si te pido que no hagas ninguna de éstas cosas, es porque sé que si lo haces volveré a caer de nuevo. Volveré a perdonártelo todo. Y por una vez, quiero seguir con mi vida, quiero ser feliz con las personas que me quieren y olvidarme de ti. Así que ya se que te encanta jugar con este juguete roto, que te encanta saludarme de vez en cuando para ver cómo reacciono, pero mucho me temo que ésta vez me he quedado sin pilas.

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