Se supone que la gente odia a quien le hace daño ¿no? Pues bien, te odio. Te odio cuando al marcharte se me olvida respirar, cuando quiero responderte y no me salen las palabras, cuando quiero reprocharte todo lo que has hecho y que te arrepientas de que haya sido así. Te odio cuando te extraño y en ese mismo instante estás sentado a mi lado, cuando rozas mi mano y empieza a darme igual si lo que estoy haciendo es bueno o malo, y no pienso en las consecuencias que eso traerá después. Pero me obligo a odiarte, tengo que hacerlo. Tengo que odiarte cada vez que reconozco que prefiero sufrir a que me ignores, cuando pasas por mi lado y mi piel se despierta, cuando odio extrañar tu voz aunque haya dejado de escucharla dos segundos antes. Te odio por entenderme, por saber cómo soy y por saber cómo hacer para que me sienta mejor o peor. Te odio por ser como eres, y también odio el conocer cada uno de tus pensamientos, defectos y virtudes. Pero, sobre todo; me doy cuenta de que te odio por no odiarte ni siquiera un poco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario